Batalla por libertad
De 1750 a 1770, su población pasó de un millón de a más de dos millones. Ante este crecimiento, no faltó quien pensara que Norteamérica se convertiría con el tiempo en el centro del Imperio británico. Así pensaba, por ejemplo, Benjamín Franklin. En principio, los colonos estaban acostumbrados a que Londres les dieran un alto grado de autonomía, sin interferir demasiado en sus asuntos.
La situación cambió por la guerra de los Siete Años. El conflicto provocó serios problemas económicos a Inglaterra y las colonias tuvieron que contribuir con más recursos para ayudar a Inglaterra.
No podía continuar la situación en la que las colonias soportaban una presión. La subida de los impuestos no se hizo esperar. Cuando la ley del Timbre gravó libros, prensa y documentos jurídicos, muchos se sintieron ofendidos. No tanto por el dinero, si no porque las autoridades impusieron una nueva carga sin el consentimiento de los ciudadanos.
Todo empeoró cuando Inglaterra puso un ejército en las colonias, para defenderlas contra una posible agresión de los franceses o indios y para luchar contra el contrabando y el bandolerismo. Mantener estas tropas originó nuevos gastos que, requerían nuevas tasas para sufragarlos. El problema estalló nuevamente en 1773 a propósito del motín del té.
En protesta por los impuestos sobre este producto, un grupo de blancos disfrazados de indios arrojó al mar el cargamento de té de tres barcos del puerto de Boston. Provocando una pérdida de 10.000 libras. Las autoridades británicas respondieron pero solo consiguieron unir más a los habitantes de las colonias en su voluntad de resistir al gobierno.
Los diferentes comités y asambleas, surgidos por todo el territorio, escogieron a los diputados del Primer Congreso Continental.
Los enfrentamientos entre las tropas inglesas y las milicias coloniales empezaron en 1775. En Bunker Hill los británicos ganaron, pero a un alto precio.
El Segundo Congreso Continental, convertido en el gobierno central de las colonias, se reunía en Filadelfia. Corría julio de 1776. La aprobación de la Declaración de Independencia, obra en su mayor parte de Jefferson, marcó la ruptura definitiva con Gran Bretaña.
Los partidarios de la secesión creían que la suya era la causa de la libertad. De su triunfo dependía el futuro de millones de personas. En realidad, la opresión no era tan grave como la dibujaban. Disfrutaban de un nivel económico considerable, con granjas cómodas.
Un ejército poco prometedor
La independencia sobre el papel era una cosa y otra muy distinta defenderla en el campo de batalla. Las tropas norteamericanas, no parecían ofrecer demasiadas garantías ya que sus soldados habían sido artesanos o granjeros.
Todos iban al combate en medio del mayor entusiasmo, eso sí, tenían algunas ventajas: conocían el terreno y, por lo general, estaban acostumbrados a manejar armas de fuego desde edades tempranas. El gobierno británico, creía tenerlo todo bajo control. Su ejército profesional, acabaría pronto con aquella chusma rebelde y todo volvería a la normalidad. No imaginaba que las dificultades, resultarían mucho mayores de lo esperado. Durante el invierno de 1776-77 nada parecía indicar que los secesionistas tuvieran posibilidades reales de victoria.
Se encontraban bajo mínimos, con 3.000 hombres, y cada vez más debilitados. Les esperaba el desastre si continuaban así. Sus enemigos acababan de tomar Nueva York. Washington no era un militar experto ni un genio de la estrategia, pero poseía una voluntad de hierro y un enorme sentido común.
Una demostración de audacia: cruzó el río Delaware y después se apoderó del fuerte Princeton. Los ingleses, tuvieron que retirarse. Solo por el momento, porque meses después tomarían Filadelfia, escenario de la Declaración de Independencia. Su marcha ascendente, sin embargo, se incompleto en Saratoga, donde los británicos sufrieron una humillante derrota.
Representación idealizada de Franklin, Adams y Jefferson trabajando en la Declaración .Se dieron cuenta que debían negociar y ofrecieron a los norteamericanos más autonomía para gestionar sus asuntos. A cambio regresarían a ser dependientes. Como era de esperar, la respuesta fue negativa y la lucha continuó.
La entrada de Francia y España
Saratoga demostró que los británicos no eran invencibles, y eso animó a Francia a entrar en el conflicto. La corte de Versalles estaba ansiosa por vengar su derrota en la guerra de los Siete Años, así que firmó una alianza militar con los estadounidenses.
España, resentida con los británicos por las mismas razones, entró en la alianza un año después, en 1779. Aunque ya había colaborado de forma secreta con los rebeldes.
Inglaterra, demasiado grande para cualquiera de sus rivales. Los norteamericanos lo sabían: no bastaba con la ayuda francesa. Tenían que conseguir también la española. Washington, consciente de esta realidad, advirtió al Congreso: “Los ingleses son ahora muy superiores en el mar a los franceses... y seguirá siendo así a no ser que se interponga España”. La corte en Madrid prestó a la independencia de Estados Unidos una contribución esencial.
En el terreno militar, el hecho de abrir varios frentes de lucha, impidió a los ingleses concentrar sus fuerzas contra los norteamericanos. El apoyo financiero y los generosos suministros de material resultarían de una importancia decisiva. Gracias a las minas de plata de sus colonias, España estaba en condiciones de aportar una moneda fuerte que en algunas colonias, llegó a ser de curso legal.
Mal asunto para Londres
Inglaterra se encontraba cada vez más aislada. El bloqueo comercial británico contra Norteamérica, suscitó la animadversión de potencias neutrales como Holanda, Dinamarca, Rusia y Suecia. Estos países establecieron una alianza militar que cerró el Báltico a los ingleses, por las trabas del gobierno de Londres contra su comercio. El conflicto había alcanzado proporciones mundiales.
Su escenario ya no eran solo las trece colonias, sino lugares tan distantes como el Mediterráneo, el Caribe o India. En Gran Bretaña, políticos estaban convencidos de que tanto esfuerzo bélico no valía la pena, ya que no existía un beneficio que lo compensara. Pero el Rey todavía creía en la victoria. En 1781 se produjo el enfrentamiento que marcaría el definitivo punto de la guerra. En Yorktown, Virginia, lord Cornwallis se rindió a una fuerza franco-norteamericana tras un asedio de nueve días.
La historia tradicional ha destacado el papel del ejército galo y de su marina, los españoles no contribuyeron mucho de modo que su aportación fue pronto olvidada. Lo cierto es que sería su dinero, procedente de Cuba, el que permitió sufragar los gastos de sus aliados. Después de Yorktown la guerra podía darse por terminada.
El Tratado de París supuso el fin oficial de las hostilidades y el reconocimiento de Estados Unidos como nación.
Estados Unidos, después de tanto esfuerzo, por fin era una república independiente. Un político español de la época, consideraba que aquel país pronto se volvería más poderoso. Su población se multiplicaría con emigrantes , atraídos por la libertad religiosa y la existencia de inmensas tierras vírgenes, en espera de ser colonizadas.
Aranda, con asombrosa exactitud, profetizó que Estados Unidos se convertiría en un coloso. El nuevo país era una tierra de oportunidades inimaginables muy diferente de las viejas monarquías europeas, aferradas aún al absolutismo monárquico.
Sus admiradores quedaban deslumbrados por aquel mundo tan joven y dinámico, sin tener en cuenta acusadas contradicciones. Como la existente, por ejemplo, entre un norte industrial y un sur agrario y esclavista.
Pese a las incoherencias, su triunfo supuso un paso trascendental en el camino hacia el establecimiento de regímenes más democráticos. El estallido de la Revolución Francesa apenas seis años después no se entendería sin el precedente del otro lado del Atlántico.
Las Unidos fue un conflicto bélico entre las trece colonias británicas contra el Reino de Gran Bretaña entre 1775 y 1781 en la cual derrotaron a Gran Bretaña en la "Batalla de Yorktown" para luego firmar el Tratado del país.
Durante esta guerra, Francia ayudó a los revolucionarios estadounidenses (colonos) con tropas terrestres comandadas por Rochambeau y por el Marqués de La Fayette y por flotas bajo el comando de marinos.